Un día estaba en la farmacia esperando mi turno y había una chica delante de mí que le comentó a la farmacéutica que tenía mucho dolor de estómago, que tenía una sensación como de tener el estómago cerrado, y creía que había cogido un virus o algo similar y le preguntó a la farmacéutica si le podía dar algún protector de estómago o algún medicamento de ese estilo. Entonces la farmacéutica, muy sabiamente, le comentó a la chica, y ¿si quizás lo que tienes es ansiedad? En ese momento, la chica se quedó inmóvil, muy pensativa, y daba la sensación que estaba repasando la vida que había llevado durante los últimos tres o cuatro días, y su cara era de perplejidad, porque nunca había tenido esos síntomas, ni podía relacionarlos con otra cosa que no fuera puramente física. Parecía asombrada y al mismo tiempo aliviada y preocupada, porque podía poner nombre a lo que le estaba ocurriendo, pero sin embargo, al ser la primera vez que le pasaba no sabía cómo actuar. Enseguida la farmacéutica, le dijo que no se preocupara, que de momento, no se tomara nada, que se fuera a descansar, y a que la cuidasen un poquito en casa, y que si al cabo de unas horas, seguía encontrándose mal, que acudiera al médico.
Yo también me quedé muy pensativa, porque me recordó a muchos de mis pacientes, cuando acuden a mí, después de mucho peregrinar y después de descubrir, y otros muchos casos sin descubrir, lo que les ocurre.
Estos episodios de ansiedad, en muchas ocasiones, desembocan en ataques de pánico mucho más agudos y extremos, y que son difíciles de manejar para muchas personas.
Ante todo, la calma, la tranquilidad y el hecho de saber lo que te está pasando, es lo que hace que puedas superarlo. En España, según varios estudios realizados, alrededor del 10% de la población adulta ha sufrido alguna vez un ataque de pánico o de ansiedad. Normalmente estas crisis activan un sistema de alarma extrema. Detrás de esas crisis puede haber muchos factores, muerte de un familiar, una noticia trágica, un suceso traumático, incluso puede ser el culmen de un período en el que se ha soportado mucho estrés, o se ha llevado en silencio una carga muy fuerte, etc.
Hace unos días, viendo el programa de Salvados de La Sexta, que trataba sobre la depresión, recibí un mensaje de whatsapp de una pareja de pacientes que acudieron a mi consulta hacía ya un tiempo. Ellos también estaban viendo el programa, y les hizo recordar una etapa traumática de su vida, que afortunadamente acabó con final feliz gracias a su fuerza y constancia.
Me escribieron una carta llena de emoción, verdad y valor, que hoy quiero compartir con vosotros.
Estoy muy orgullosa de poder ayudar a personas a salir adelante, a poner nombre a las enfermedades, a tratarlas y vencerlas.
La depresión nos puede abordar a cualquiera, y es una enfermedad muy silenciosa, muy sigilosa, que en muchas ocasiones, cuando empieza a ser visible y nuestros familiares comienzan a ver cosas raras, se encuentra ya en una fase muy avanzada. La depresión puede hacernos perder peso sin motivo aparente, y vernos más y más delgados y no saber lo que nos está ocurriendo. Muchas personas no entienden lo que les está ocurriendo, ni pueden ser conscientes de la enfermedad.
Hoy me gustaría hablaros de la Felicidad. Despedimos el año 2017 y comenzamos el 2018 deseándonos feliz y próspero año nuevo. La navidad y el nuevo año es una época propicia para activar en nosotros los buenos deseos y la voluntad de ser mejor persona. También es una época de esperanza para aquellos que están sufriendo o que necesitan un cambio, y que ven en el comienzo del nuevo año la oportunidad para cambiar el rumbo de sus vidas. Es un buen momento para nuevos propósitos y tenemos que aprovecharlo si nuestra intención es la de transitar nuevos caminos.
El año nuevo, que surge en medio del invierno supone para muchos una luz en un horizonte plano y frío, que nos ayuda a cargar energía y seguir hacia delante. También se crea un ambiente especial de fraternidad, cariño, esperanza, sueños, ilusión, en definitiva, se ahonda en los buenos sentimientos, en las buenas acciones, y por consiguiente en la felicidad.
Cuando nos deseamos feliz año nuevo, muchas veces, lo decimos casi de forma mecánica, sin darnos cuenta en realidad de la importancia de nuestras palabras. Quizás cuando más estamos sufriendo por cuestiones relacionadas con la familia, por salud, por falta de recursos, o por sentimientos, es cuando más vamos a apreciar estas palabras de felicitación. Felicitarse el año se convierte en una manera de evocar, de atraer el espíritu de la felicidad, al nombrarlo estamos más cerca de que se convierta en realidad. Por ello, debemos ser conscientes de que en gran parte, depende de nosotros mismos el albergar el sentimiento de la felicidad dentro de nosotros mismos.
Como profesional de la psicología, en este ámbito, mi propósito y mi objetivo es inspirar a las personas para que den la mejor versión de si mism@s.
Ultimamente en nuestro Centro de Psicología estamos tratando varios casos de superación personal muy relacionados con la idea de progreso. Ya no sólo os hablo de progreso a nivel laboral, sino de progreso vital, general, un proceso que atañe a varias facetas de nuestra vida, y que en muchas ocasiones, cuando una persona se propone progresar, lo hace de manera global porque algo ha cambiado en su manera de pensar y de entender el mundo.
Ultimamente, observo en el marco empresarial cómo se están creando movimientos que instan a fortalecer los valores empresariales, transformar empresas, siempre desde un punto de vista ético, y de puesta en valor de ideales, en fin, de aprender, emprender y mejorar.
Me gusta la idea de poder trasladar esto al plano personal, psicológico y social, porque a partir del cambio en las personas, es cuando podemos dar el cambio también en el resto de aspectos de nuestra vida.
Por ello, hoy quiero hablaros de la importancia que tiene el sentirse bien consigo mism@, y cómo se mejora.
Transformar ideas, transformar personas
Nadie dijo que fuera fácil, pero poco a poco, con pequeños objetivos, siendo conscientes de todas las acciones que hacemos en nuestro día a día y con un poco de motivación, vamos a poder mejorar, sentirnos mucho mejor con nosotros mism@s, poner en valor nuestras virtudes y finalmente querer más y que nos quieran más.
El miedo a socializarse se manifiesta en personas que tienen temor a ser rechazadas por la sociedad, también en personas muy tímidas o introvertidas, o en personas que tienen gustos o aficiones distintos a la mayoría de las personas de su entorno social. También se da en personas que tienen un nivel de autoestima bajo ya sea por traumas o por situaciones vividas con anterioridad.
Manifiestan incomodidad o en casos extremos impotencia al enfrentarse a actos públicos, a hacer nuevos amigos, a tener relaciones de trabajo con normalidad, y por lo general presentan rubor, temblores, sudoración, imposibilidad para concentrarse, obsesión por no poder manejar la situación, etc.
No debemos confundir con situaciones puntuales a las que normalmente todos nos hemos tenido que enfrentar, como por ejemplo, cuando íbamos al instituto y teníamos en hablar en clase, que notabas que te ardía la cara de lo roja que la tenías, y no querías darle la mano a nadie porque la tenías chorreando de sudor… Si son situaciones puntuales que mal o bien, hemos ido afrontando y superando, todo es correcto. De hecho poco a poco la experiencia y la vida, nos va enseñando a superar las cosas y después de los años nos enfrentamos a situaciones que quizás hace tiempo serían impensables para nosotros.
En cualquier caso, para determinar cual es el origen de ese miedo a socializarse y por consiguiente, para poder superarlo tendremos que hacer un ejercicio de reflexión que nos permita ir más allá y descubrir las causas de este trastorno.
Hoy os quiero hablar de cómo mejorar a nivel personal. En concreto, una actitud que es muy frecuente en nuestra cultura española, y es la cabezonería. El hecho de querer tener siempre la razón o querer que las personas hagan las cosas como nosotros queremos, encierra tras de sí el problema del orgullo. En realidad, es una cuestión de orgullo y también de falta de inmadurez, lo que nos empuja a ser cabezotas. Lo más normal es que alguno de tus padres, o tu pareja, tu hermana, o tú mism@ sea muy cabezota, y a veces esto genere pequeños conflictos, incluso grandes conflictos en las relaciones personales.
Cuando entra el orgullo
Ser demasiado orgulloso, puede convertirse en un gran problema para relacionarnos con nuestros familiares, amigos, etc., y a veces, es el origen del aislamiento, de dificultades en la socialización, de problemas de convivencia, de falta de autoestima, y un largo etcétera.
Así que hay que estar muy pendientes si vemos que una persona de nuestro entorno tiene actitudes demasiados orgullosas que puedan derivar en falta de respeto hacia sus seres queridos más cercanos.
No hay que llevar el conflicto a lo personal. Muchas veces, hay personas que se ofenden a nivel personal si alguien les lleva la contraria. A veces, esto ocurre porque no están acostumbrados a que les lleven la contraria, y están acostumbrados a que todo el mundo haga lo que ellos dicen. A veces esto ocurre en la educación de hijos únicos, que sin quererlo los padres, les conceden todos sus caprichos, y puede desembocar en que esa persona sea una pequeña tirana, y también algo inmadura con respecto a las relaciones con los demás. Hay que hacerles entender que el hecho de no estar de acuerdo con ellos en algo, no significa que estén equivocados, porque esto afecta directamente a su autoestima.
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